El 17 de agosto se cumple un nuevo aniversario del deceso del General San Martín, el Libertador de América. En Argentina se le reconoce como el “Padre de la Patria”. En Perú, se lo recuerda libertador de aquel país, con los títulos de “Fundador de la Libertad del Perú”, “Fundador de la República” y “Generalísimo de las Armas”. En Chile su ejército lo ha destacado con el grado de Capitán General.
Pero más allá de su gesta libertadora, San Martín es una pieza fundamental en la construcción de nuestra identidad nacional.
El Libertador San Martín nació en Yapeyú, una de las misiones jesuíticas, correspondiente hoy al territorio de la provincia de Corrientes, el 25 de febrero de 1778 y llegaría a ser una de las figuras más grandes de nuestra historia.
Es el realizador con la espada de los principios de la revolución de mayo. Vencedor en Chacabuco y Maipú, libertador de tres naciones: Argentina, Chile y Perú. Luego de sus campañas se aleja, justo después de la entrevista en Guayaquil con Simón Bolívar, del escenario de América, para morir pobre y olvidado en un pequeño pueblo de Francia. José de San Martín, el Santo de la espada, con su renunciamiento deja una enseñanza de grandeza moral que ilumina la patria.
En sus últimos años de vida, viviendo en París, se retira al estallar la revolución, en el mes de marzo de 1848 hacia Boulogne Sur-Mer, Francia, donde viviaría los siguientes dos años alquilando una habitación, hasta el 17 de agosto de 1850 que San Martín deja de existir siendo las 3 de la tarde, acompañado por su hija Mercedes y el yerno.
Serían 30 años más tarde, que se repatriaron sus restos, el 28 de mayo de 1880 a las postres de la revolución de ese año, para finalmente, sorteando algunas objeciones de la Iglesia Católica, poder descansar en un mausoleo en la Capilla Nuestra Señora de la Paz, en la Catedral de Buenos Aires.
El libertador:
Virtuoso y bravo se inscribió en la historia.
ni el más leve baldón su acción empaña,
engendra pueblos libres su campaña;
es un brazo de luz su trayectoria.
Y bajó de la cumbre de la gloria
lo mismo que bajó de la montaña,
la misma sencillez tras la hazaña,
la misma austeridad tras la victoria.
Renunciando poderes y oropeles,
con su frente nimbada de laureles,
marchóse peregrino al ostracismo.
Y allá en el seno de la dulce Francia,
el asceta inmortal del patriotismo,
estoico el vaso del dolor escancia.
Domingo A. Bravo




































































