Kurt Cobain se atrincheró en una habitación sobre el garaje de su casa en Seattle. Colocó un taburete contra la puerta y se encerró a escribir una carta de despedida. Se había quitado ya su gorra de cazador, que usaba para que la gente no lo reconociera. Era el 5 de abril de 1994.
Kurt no soportó quizá el éxito desmesurado que había alcanzado y no logró disfrutar tras arrebatarle el primer puesto a Michael Jackson.
Inadaptado, rechazado desde pequeño, deambulando de una casa a otra de sus padres divorciados y medicado desde los cinco años por un trastorno de déficit de atención, Kurt ya quiso suicidarse en la adolescencia, pero no lo consiguió. Decía que, entonces, solo la marihuana le permitía escapar. Eso, y tocar una guitarra que le regalaron con 14 años.

En ese tiempo conoció a Krist Novoselic y la música le hizo sentirse parte de algo. En una generación desencantada con el mundo que les había tocado vivir, él puso la voz y a veces hasta el rostro. Nirvana pasó de vender 40.000 copias de su primer trabajo a más de 35 millones con ‘Nevermind’.
Y entonces, llegó la depresión, la heroína y la autodestrucción de Kurt Cobain. Su tercer disco fue toda una declaración de intenciones, de hecho quería que se llamase ‘Me quiero morir’. Odiaba ser tan famoso y le daba asco que su poesía se hubiese convertido en un producto de consumo masivo.
Más tarde ingresó en una clínica de desintoxicación pero se escapó, lo que hizo después son todo rumores. No se sabe a ciencia cierta si fue al cine, si recorrió la ciudad de Seattle en taxi, si pidió la absolución a un cura… lo que es seguro es que terminó en su propia casa y el 5 de abril de 1994 se suicidó.
Dejó una carta de despedida, que dirigía a Boodah, su amigo imaginario de la infancia. Decía que no podía más, que no era feliz y no sabía por qué. Y paradójicamente, en ese momento la muerte convirtió a Kurt Cobain en inmortal.
Fuente: laSexta.com





































































